sábado, 21 de agosto de 2010

21-AGOSTO EMILIO SALGARI



EMILIO SALGARI
Escritor y periodista

21-08-1862

Obras: Sandokan, el tigre de la Malasia - Los misterios de la jungla negra

Emilio Salgari (Verona, 21 de agosto de 1862 - Turín, 25 de abril de 1911) fue un escritor y periodista italiano. Escribió principalmente novelas de aventuras, ambientadas en los lugares más variados, como Malasia, el Mar Caribe, la selva india, el desierto y la selva africana, el oeste de Estados Unidos, las selvas de Australia e incluso los mares árticos. Creó personajes que alimentaron la imaginación de millones de lectores. Tal vez el más conocido de sus personajes sea el pirata Sandokán. En los países de habla hispana, su obra fue particularmente popular, por lo menos hasta los años setenta-ochenta.
Emilio Salgari nació en Verona el 21 de agosto de 1862 en el seno de una familia de pequeños comerciantes. En 1878 comenzó sus estudios en el Real Instituto Técnico Naval "P.Sarpi", en Venecia, pero no llegó a obtener el título de capitán de gran cabotaje. Su experiencia como marino parece haberse limitado a unos pocos viajes de aprendizaje en un navío escuela, y un viaje posterior, probablemente como pasajero, en el barco mercante "Italia Una", que navegó durante tres meses por el Adriático, atracando en el puerto de Brindisi. No hay evidencia alguna de que realizase más viajes, aunque el propio autor así lo afirma en su autobiografía, declarando que muchos de sus personajes están basados en personas reales que conoció en su vida como marino. Salgari se daba a sí mismo el título de "capitán" e incluso firmó con él algunas de sus obras.
La primera publicación de Salgari fue el relato breve I Selvaggi della Papuasia, que apareció por entregas en el periódico milanés La Valigia desde el mes de julio de 1883. También en 1883 se inició en el periódico veronés La Nuova Arena la publicación de su primera novela, Tay-See, que vería después la luz como volumen independiente con el título de La Rosa del Dong-Giang. En octubre del mismo año comenzó a publicarse El tigre de Malasia, primera versión de la novela inaugural del ciclo de Sandokán, que se editaría posteriormente con el título de Los tigres de Mompracem, con algunos cambios. La primera novela en publicarse de forma independiente fue La favorita del Mahdi, en 1887.
Gracias al éxito de sus obras, consiguió un puesto como redactor fijo en La Nuova Arena que mantuvo hasta 1893. Por entonces tuvo lugar un curioso incidente: ofendido por haber sido llamado "mozo" en un artículo por el periodista Giuseppe Biasioli, lo desafió a duelo. Como resultado, Biasioli tuvo que ser hospitalizado y Salgari pasó seis meses en la cárcel.
En 1889 se suicidó el padre de Salgari, siendo el primero de una impresionante cadena de suicidios familiares que incluye el del propio escritor (1911), el de su hijo Romero (1931) y el de su otro hijo Omar (1963). En enero de 1892 contrajo matrimonio con la actriz de teatro Ida Peruzzi (a la que llamó siempre, cariñosamente, "Aida", como la heroína de Verdi). Ese mismo año nació la primera hija del matrimonio, Fatima, a la que siguieron tres varones, Nadir (1894), Romero (1898) y Omar (1900). También en 1892 el escritor trasladó su residencia a Turín, donde trabajó para la editorial Speirani, especializada en novelas juveniles. En 1898 el editor Donath convenció a Salgari para que se mudase a Génova, donde trabó amistad con el que sería el más destacado ilustrador de su obra, Giuseppe "Pipein" Gamba. En 1900 regresó a Turín. Las circunstancias económicas de la familia se fueron haciendo cada vez más difíciles, a pesar del trabajo incansable de Salgari para mantener un respetable decoro burgués. En 1907 cesó su contrato con Donath y pasó a trabajar para la editorial Bemporad, para la cual escribiría, hasta su muerte en 1911, un total de diecinueve novelas. Su éxito entre el público juvenil fue creciendo, llegando algunas de sus novelas a alcanzar tiradas de 100.000 ejemplares. Sin embargo, su desequilibrio psíquico y la locura de su esposa, que tuvo que ser internada en el psiquiátrico de Collegno, cerca de Turín, le condujeron al suicidio. Después de un intento fallido, en 1909, se quitó la vida, abriéndose el vientre con un cuchillo según el rito japonés del seppuku, el 25 de abril de 1911. Dejó escritas tres cartas, dirigidas respectivamente a sus hijos, a sus editores y a los directores de los periódicos de Turín. La carta a sus editores fue suficientemente elocuente:
"A mis editores: A vosotros, que os habéis enriquecido con mi piel, manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semimiseria o aún peor, sólo os pido que en compensación por las ganancias que os he proporcionado, os ocupéis de los gastos de mis funerales. Os saludo rompiendo la pluma. Emilio Salgari"

http://es.wikipedia.org/wiki/Emilio_Salgari

Fragmento de "Sandokan, el tigre de la malasia" de Emilio Salgari

Como un relámpago atravesó una parte del bosque. De pronto escuchó un tiro a muy corta distancia, seguido de una exclamación cuyo acento le hizo estremecer. A escape galopó hacia el lugar donde resonara la detonación, y en medio de una pequeña explanada descubrió a Mariana, con la carabina humeante entre las manos. Se le acercó con un grito de alegría.
- ¡Usted aquí sola! —exclamó.
- Y usted, príncipe ¿cómo ha llegado aquí?
- Seguía las huellas del tigre.
- También yo. Disparé contra la fiera, pero huyó sin que lograra tocarla.
- ¡Gran Dios! ¿Por qué expone su vida enfrentando a ese animal?
- Para impedir que usted cometa la imprudencia de apuñalarlo con el kriss.
- Ha hecho mal, milady. Pero la fiera está todavía viva y mi kriss dispuesto a partirle el corazón.
- ¡Usted no hará eso! Es valiente, ya lo sé; es fuerte y tan ágil como un tigre, pero una lucha cuerpo a cuerpo con la fiera podría serle fatal.
- ¡Qué importa! Quisiera que me produjera tan crueles heridas que tuviera que estar en curaciones un año entero.
- ¿Por qué? —preguntó sorprendida la joven.
- ¿No sabe, milady —dijo el pirata acercándose más—, que mi corazón parece estallar cuando pienso que vendrá el día en que tendré que dejarla para siempre, para no volver a verla más? Si el tigre me hiere, permanecería bajo el mismo techo que usted, volvería a gozar de las dulces emociones que sentí cuando yacía herido en el lecho. ¡Sería feliz oyendo otra vez su voz, recibiendo sus miradas y sus sonrisas! Milady, usted me ha hechizado; presiento que no podré vivir lejos de usted. ¿Qué ha hecho de mi corazón, siempre inaccesible a todo afecto? Míreme, con sólo estar a su lado siento temblar mi cuerpo y la sangre me quema las venas.
Al oír tan apasionada e imprevista confesión, Mariana quedó muda; pero no hizo movimiento alguno por retirar las manos que el pirata estrechaba con frenesí.
- No se moleste si le confieso mi cariño -prosiguió el Tigre con voz que llegaba como una música al corazón de la huérfana-, si le digo que yo, aun cuando pertenezco a una raza de color, la adoro como una diosa, y que usted también algún día me querrá. ¡Tan poderoso es el amor que arde en mi pecho, que por usted sería capaz de luchar contra los hombres, contra el destino, contra Dios! ¿Quiere ser mía? ¡Yo la haré la reina de estos mares, la reina de la Malasia! Pida lo que quiera y lo tendrá. Tengo oro suficiente para comprar diez ciudades; tengo barcos, cañones, soldados, soy más poderoso de lo que pueda usted suponer.
- Pero, ¿quién es usted? —preguntó Mariana, aturdida por aquel aluvión de promesas y fascinada por esos ojos que parecían arrojar llamas.
- ¿Quién soy? —exclamó el pirata—. En derredor mío hay sombras que por ahora es mejor no esclarecer. Dentro de esas tinieblas hay algo terrible. ¡Llevo un nombre que no sólo aterroriza a todos los pueblos de estos mares, sino que hace temblar al sultanato de Borneo, y hasta a los ingleses de esta isla!
- ¿Y usted, que es tan poderoso, dice que me quiere? —murmuró la niña con voz ahogada.
- Tanto, que por usted me sería posible todo. La amo con ese amor que lleva a realizar milagros y delitos a la vez. Póngame a prueba; hable y le obedeceré como un esclavo. ¿Quiere que sea rey para darle un trono? ¡Lo seré! ¿Quiere que yo, que la amo hasta la locura, me vuelva a mis tierras? ¡Me iré, aunque tenga que condenar a mi corazón a un eterno martirio! ¿Quiere que me mate delante de usted? ¡Me mataré! ¡Hable, milady, hable!
- Pues bien, sí, ¡quiérame! —murmuró ella, que se sentía dominada por tanto amor.
El pirata dio un grito, uno de esos gritos que rara vez salen de una garganta humana. Casi al mismo tiempo resonaron dos o tres disparos.
- ¡El tigre! —exclamó Mariana.
- ¡Es mío! —gritó Sandokán.
Clavó las espuelas en el vientre del caballo y partió como un rayo, con los ojos encendidos y el kriss en la mano, seguido por Mariana, que se sentía atraída hacia aquel hombre que tan audazmente se jugaba la existencia para sostener una promesa.
Trescientos pasos más allá estaban los cazadores. Delante de ellos avanzaba el oficial de marina, apuntando con su fusil hacia un grupo de árboles.
Sandokán se tiró de la silla gritando: -¡El tigre es mío!
Él mismo parecía otro tigre. Daba saltos y rugía como una fiera.
- ¡Príncipe! —gritó Mariana, que también descendió del caballo.
Pero Sandokán no oía a nadie en ese momento y continuaba adelantándose a la carrera.
El oficial, que lo precedía unos diez pasos, al oírlo acercarse apuntó rápidamente el fusil e hizo fuego sobre el tigre, que estaba al pie de un gran árbol, con las pupilas contraídas, abiertas las poderosas garras y dispuesto a lanzarse sobre cualquiera.
No se había disipado todavía el humo cuando se le vio atravesar el espacio con ímpetu tremendo y derribar al imprudente y poco diestro oficial.
Iba a volver a saltar para arrojarse sobre los cazadores, pero ya Sandokán estaba allí. Aferró firmemente el kriss, se precipitó sobre la fiera y antes de que ésta tratara de defenderse, la derribó en tierra y le apretó el cuello con tanta fuerza que ahogó sus rugidos. —¡Mírame! —dijo—. ¡Yo también soy un tigre! Grandes gritos acogieron la proeza. El pirata arrojó una mirada despectiva al oficial y se volvió hacia la joven, que permanecía muda de terror y de angustia, y le dijo con un gesto que hubiera envidiado un rey:
- ¡Milady, la piel de este tigre es suya!

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