miércoles, 15 de septiembre de 2010

15-SEPTIEMBRE FRANCOISE DE LA ROCHEFAUCAULD


"Ni el sol, ni la muerte pueden mirarse fijamente." Francoise de la Rochefoucauld. Escritor

15-09-1613

Obras: Máximas: reflexiones o sentencias y máximas morales - Máximas y reflexiones diversas

Francisco VI, duque de La Rochefoucauld (15 de septiembre, 1613, París – 17 de marzo 1680). Escritor, aristócrata y militar francés, conocido, sobre todo, por sus Máximas.

Como todos los primogénitos de la Casa Rochefoucauld, se llamó Francisco en honor a Francisco I y, desde su nacimiento, ya era Príncipe de Marcillac en tanto que heredero del Duque de Rochefoucauld. Sus estudios no fueron excesivos ya que, a los dieciséis años, los dejó para alistarse en la Armada e, inmediatamente, empezó a darse a conocer en la vida pública. Había estado casado, nominalmente, durante un año con Andrée de Vivonne que, al parecer, le adoraba, antes de que se viera implicada en un escándalo, que La Rochefoucauld seguramente no merecía. Durante algunos años, Rochefoucauld participó en diferentes batallas militares en las que demostró una gran valentía, aunque nunca logró la consideración de sus capitanes. Empezó, entonces, a frecuentar el entorno de Marie de Rohan, la primera de las tres mujeres célebres que tendrían, sucesivamente, gran influencia en su vida.
Por mediación de Marie de Rohan, él se aproximó a la Reina Ana de Austria colaborando en las numerosas intrigas llevadas a cabo contra el Cardenal Richelieu. Sin embargo éstas no tuvieron ningún éxito, fue desterrado en varias ocasiones y, en 1637 fue encerrado, en la Bastilla durante ocho días, después tuvo que retirarse a los dominios de su padre. En 1642, tras la muerte de Richelieu, la situación pareció volverse más favorable para la ambición que animaba a la mitad de la nobleza de Francia. La Rochefoucauld jugó un importante papel tomando parte activa en la reconciliación de la Reina con Condé, participando en una liga contra Gastón, duque de Orleans. Pero la creciente influencia de Mazarino supuso un obstáculo y la amistad que él mantenía, hacia 1645 con la hermosa Duquesa Ana de Longueville le inclinó, definitivamente, por los ideales de la Fronda donde intervino de forma muy activa, y llegó a ostentar uno de los principales grados del ejército rebelde. Intervino de manera destacable en el asalto de París, batiéndose, valientemente, en los combates y fue gravemente herido en el asedio de Mardyke.
En el segundo asedio de la Fronda, La Rochefoucauld corrió la misma suerte que Condé. Tras la muerte de su padre, en 1650 se produjo un incidente característico. La nobleza de las provincias se reunió para asistir a los funerales y el nuevo Duque de La Rochefoucauld intentó convencerles para unirse a él y enfrentarse a la guarnición de Saumur, cosa que no consiguió. Participó, después, en diversas acciones de la Fronda sin demasiada fortuna y, en la batalla de la Faubourg Saint Antoine (1652), fue herido en la cabeza llegándose a temer por la pérdida de su vista. Necesitó un año para recuperarse, que pasó en la ciudad de Verteuil donde, tras veinte años pasados en diferentes combates, se encontró con una salud muy debilitada, una mermada fortuna y muchos conflictos con todos aquellos que ahora tenían algún poder en el Estado. Permaneció algunos años retirado y se recuperó (especialmente gracias a la ayuda de Gourville que estuvo a su servicio después de haber estado al servicio de Mazarino y Condé, con lo que obtuvo fortuna e influencias). Rochefoucauld volvió a la Corte después del fallecimiento de Mazarino.
A partir de entonces se dedicó a llevar una existencia totalmente mundana frecuentando asiduamente todos los salones, especialmente el salón de Madeleine de Sablé miembro de la camarilla de Rambouillet y fundadora de varios salones. La Rochefoucauld pasó sus años de retiro escribiendo sus Memorias que fueron publicadas, clandestina y parcialmente, en 1662, en Bruselas por los Elzevires. Su publicación causó un tremendo revuelo y muchos de sus amigos se sintieron profundamente ofendidos por cuanto afectaban a su reputación, aunque él se apresuró a negar que éstas fueran auténticas. Tres años más tarde publicó sus Reflexiones o sentencias y máximas morales, clásico de la aforística universal, que le situarían, de golpe, entre los más grandes escritores de la época. Poco después empezó su amistad con Madame La Fayette que duró hasta el fin de sus días.
Mantuvo un círculo de amigos fervientes tanto en los salones como en la corte, fue reconocido como un moralista y escritor de gran valía, claro y conciso, perfecto conocedor de la aristocracia francesa del siglo XVII. Murió de gota; su hijo, el Príncipe de Marcillac, al que cedió, poco antes de su muerte, todos sus títulos y honores, gozó de una posición superior en la Corte.

http://es.wikipedia.org/wiki/Fran%C3%A7ois_de_La_Rochefoucauld

Fragmento de "Reflexiones o sentencias y máximas morales" de Francois de la Rochefaucauld

" Lo que tomamos por virtudes a menudo no es más que un compuesto de diversas acciones y diversos intereses que el azar o nuestro ingenio consiguen armonizar, y no es siempre el valor y la castidad lo que hace que los hombres sean valientes y que las mujeres sean castas.
El amor propio es el mayor de los aduladores.
Por muchos descubrimientos que hayamos hecho en el país del amor propio, siempre quedarán muchas tierras desconocidas.
El amor propio es más ingenioso que el hombre más ingenioso de este mundo.
La duración de nuestras pasiones depende tan poco de nosotros como la duración de nuestra vida.
La pasión a menudo convierte en loco al más sensato de los hombres, y a menudo también hace sensatos a los más locos.
Esas acciones grandiosas y espléndidas que deslumbran, según los políticos son efecto de grandes designios, pero por lo común tan solo son efecto del talante y de las pasiones. Así, la guerra de Augusto con Antonio, que se atribuye a la ambición de ambos por llegar a ser dueños del mundo, tal vez no fue más que una consecuencia de la envidia.
Las pasiones son los únicos oradores que siempre persuaden. Son como un arte de la naturaleza cuyas reglas son infalibles; y el hombre más romo cuando le domina la pasión persuade mejor que el más elocuente que carece de ella.
Las pasiones contienen una injusticia y un interés propio que hace que sea peligroso seguirlas, y que convenga desconfiar de ellas, incluso cuando parecen muy razonables.
Existe en el corazón humano una generación perpetua de pasiones, de tal manera que la ruina de una coincide casi siempre con el advenimiento de otra.
Las pasiones engendran a menudo otras que son sus contrarias: la avaricia produce a veces la prodigalidad, y la prodigalidad la avaricia; a menudo somos firmes por ser débiles, y audaces por cobardía.
Por mucho que nos esforcemos por cubrir las pasiones con apariencias de piedad y de honor, siempre se manifiestan a través de esos velos.
Nuestro amor propio sufre con mayor impaciencia la condenación de nuestras aficiones que la de nuestras pasiones.
No sólo los hombres tienden a perder el recuerdo de los beneficios y de las injurias, sino que incluso odian a sus benefactores y dejan de odiar a quien los ofendió. La perseverancia en recompensar el bien y vengarse del mal les parece una servidumbre demasiado gravosa.
La clemencia de los príncipes a menudo no es más que política para ganarse el afecto de los pueblos.
Esa clemencia, de la que se hace una virtud, a veces se practica por vanidad, otras por pereza, a menudo por miedo, y casi siempre por esas tres razones juntas. "

El Poder de la Palabra
www.epdlp.com

No hay comentarios:

Publicar un comentario