miércoles, 6 de octubre de 2010

06-OCTUBRE MARTIN LUIS GUZMAN

MARTIN LUIS GUZMAN
Periodista, intelectual, diplomatico, literato

06-10-1887

Obras: El águila y la serpiente - La sombra del caudillo - Memorias de Pancho Villa

Martín Luis Guzmán Franco (1887-1976) fue un periodista, intelectual, diplomático y literato mexicano al que se le considera, junto a Mariano Azuela, pionero de la novela revolucionaria, un género inspirado en las experiencias de la Revolución mexicana de 1910, la cual observó siguiendo a las tropas del general Francisco Villa.

Guzmán nació en Chihuahua, Chihuahua, el 6 de octubre de 1887. Estudió derecho en la Ciudad de México y en 1914 se unió a las tropas de Francisco Villa, con quien trabajó de cerca. Tras ser encarcelado en 1914, se fue como exiliado a España, y en 1915 publicó en Madrid, La querella de México, su primer libro.

Entre 1916 y 1920 vivió en Estados Unidos, y desde 1917, dirigió en Nueva York una revista en castellano llamada El gráfico, y colaboró con la revista Universal. Con los artículos que publicó en ellas formó su segundo libro, en 1920, A orillas del Hudson.
Regresó a México y continuó como periodista. Fue elegido como diputado nacional, pero debió exiliarse desde 1924 hasta 1936 en España, donde escribió varios periódicos. Su libro El águila y la serpiente, publicado en 1928, contenía memorias de las luchas civiles en México. En 1929 publicó la novela La sombra del caudillo que caracterizaba un análisis de la crisis política de México. Posteriormente, Guzmán publicó nuevas novelas como Memorias de Pancho Villa, en 1940, y Muertes Históricas, en 1958, que le valió el Premio Nacional de Ciencias y Artes en Literatura y Lingüística.1 También es de destacarse su biografía de Xavier Mina, Mina El Mozo : Héroe De Navarra, Espasa Calpe. Madrid, 1932.

http://es.wikipedia.org/wiki/Mart%C3%ADn_Luis_Guzm%C3%A1n

Fragmentos de "El águila y la serpiente" de Martín Luis Guzmán

La fiesta de las balas

Atento a cuanto se decía de Villa y el villismo, y a cuanto veía a mi alrededor, a menudo me preguntaba yo en Ciudad Juárez qué hazañas serían las que pintaban más a fondo la División del Norte: si las que se suponían estrictamente históricas, o las que se calificaban de legendarias; si las que se contaban como algo visto dentro de la más escueta realidad, o las que traían ya tangibles, con el toque de la exaltación poética, las revelaciones esenciales. Y siempre eran las proezas de este segundo orden las que se me antojaban más verídicas, las que, a mi juicio, eran más dignas de hacer Historia.
Porque, ¿dónde hallar, pongo por caso, mejor pintura de Rodolfo Fierro -y Fierro y el villismo eran espejos contrapuestos, modos de ser que se reflejaban infinitamente entre sí- que en el relato que ponía a aquél ante mis ojos, después de una de las últimas batallas, entregado a consumar, con fantasía tan cruel como creadora de escenas de muerte, las terribles órdenes de Villa? Verlo así era como sentir en el alma el roce de una tremenda realidad cuya huella se conservaba para siempre.

* * *

Aquella batalla, fecunda en todo, había terminado dejando en manos de Villa no menos de quinientos prisioneros. Villa mandó separarlos en dos grupos: de una parte los voluntarios orozquisas a quienes llamaban colorados; de la otra, los federales. Y como se sentía ya bastante fuerte para actos de grandeza, resolvió hacer un escarmiento con los prisioneros del primer grupo, mientras se mostraba benigno con los otros. A los colorados se les pasaría por las armas antes de que oscureciese; a los federales se les daría a elegir entre unirse a las tropas revolucionarias o bien irse a sus casas mediante la promesa de no volver a hacer armas contra la causa constitucionalista.

Fierro, como era de esperar, fue el encargado de la ejecución, a la cual dedicó desde luego la eficaz diligencia que tan buen camino le auguraba ya en el ánimo de Villa, o, según decía él: de "su jefe".
Declinaba la tarde. La gente revolucionaria, tras de levantar el campo, iba reconcentrándose lentamente en torno del humilde pueblecito que había sido objetivo de la acción. Frío y tenaz, el viento de la llanura chihuahuense empezaba a despegar del suelo y apretaba los grupos de jinetes y de infantes: unos y otros se acogían al socaire de las casas. Pero Fierro -a quien nunca detuvo nada ni nadie- no iba a rehuir un airecillo fresco que a lo sumo barruntaba la helada de la noche. Cabalgó en su caballo de anca corta, contra cuyo pelo oscuro, sucio por el polvo de la batalla, rozaba el borde del sarape gris. Iba al paso. El viento le daba de lleno en la cara, mas él no trataba de evitarlo clavando la barbilla en el pecho ni levantando los pliegos del embozo. Llevaba enhiesta la cabeza, arrogante el busto, bien puestos los pies en los estribos y elegantemente dobladas las piernas entre los arreos de campaña sujetos a los tientos de la montura. Nadie lo veía, salvo la desolación del llano y uno que otro soldado que pasaba a distancia. Pero él, acaso inconscientemente, arrendaba de modo que el animal hiciera piernas como para lucirse en un paseo. Fierro se sentía feliz: lo embargaba el placer de la victoria -de la victoria, en que nunca creía hasta consumarse la completa derrota del enemigo-, y su alegría interior le afloraba en sensaciones físicas que tornaban grato el hostigo del viento y el andar del caballo después de quince horas de no apearse. Sentía como caricia la luz del sol -sol un tanto desvaído, sol prematuramente envuelto en tormentosos y encendidos fulgores.
Llegó al corral donde tenían encerrados, como rebaño de reses, a los trescientos prisioneros colorados condenados a morir, y se detuvo un instante a mirar por sobre las tablas de la cerca. Por su aspecto, aquellos trescientos huertistas hubieran podido pasar por otros tantos revolucionarios. Eran de la fina raza de Chihuahua: altos los cuerpos, sobrias las carnes, robustos los cuellos, bien conformados los hombros sobre espaldas vigorosas y flexibles. Fierro consideró de una ojeada el pequeño ejército preso, lo apreció en su valor militar -y en su valer- y sintió una pulsación rara, un estremecimiento que le bajaba desde el corazón, o desde la frente, hasta el índice de la mano derecha. Sin quererlo, la palma de esa mano fue a posarse en las cachas de la pistola.
-Batalla, ésta -pensó.
Indiferentes a todo, los soldados de caballería que vigilaban a los prisioneros no se fijaban en él. A ellos no les preocupaba más que la molestia de estar montando una guardia fatigosa -guardia incomprensible después de la excitación del combate- que les exigía tener lista la carabina, cuya culata apoyaban en el muslo. De cuando en cuando, si algún prisionero parecía apartarse, los soldados apuntaban con aire resuelto y, de ser preciso, hacían fuego. Una onda rizaba entonces el perímetro informe de la masa de prisioneros, los cuales se replegaban para evitar el tiro. La bala pasaba de largo o derribaba a alguno.
Fierro avanzó hasta la puerta del corral; gritó a un soldado, que vino a descorrer las trancas, y entró. Sin quitarse el sarape de sobre los hombros echó pie a tierra. El salto le deshizo el embozo. Tenía las piernas entumecidas de cansancio y de frío: las estiró. Se acomodó las dos pistolas. Se puso luego a observar despacio la disposición de los corrales y sus diversas divisiones. Dio varios pasos hasta una de las cercas, sin soltar la brida. Pasó ésta, para dejar sujeto el caballo, por entre la juntura de dos tablas. Sacó de las cantinas de la silla algo que se metió en los bolsillos de la chaqueta, y atravesó a poca distancia de los prisioneros.

http://www.mexicoarmado.com/showthread.php?40743-Escritores-de-la-Revoluci%F3n-Mexicana.

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