sábado, 26 de febrero de 2011

26-FEBRERO VÍCTOR HUGO


“Dios es la evidencia invisible.”
Víctor Hugo
Escritor, dramaturgo, poeta, político

26-02-1802

Obras: El último dia de un condenado - Lucrecia Borgia - María Tudor - La leyenda de los siglos - Los trabajadores del mar -Torquemada y otras

Victor-Marie Hugo (pronunciado, en francés, /vik'tɔʁ ma'ʁi y'go/) (Besanzón; 26 de febrero de 1802 – París; 22 de mayo de 1885) fue un escritor, dramaturgo, poeta, político, académico e intelectual francés, considerado como uno de los más importantes escritores románticos en lengua francesa.
Elemento clave de la historia de la literatura de su país y de la del S.XIX, es autor de una obra enormemente variada. Fue a la vez poeta lírico con obras como Odes et Ballades (1826), Les Feuilles d'automne (1832) o Les Contemplations (1856), poeta comprometido contra Napoleón III en Les Châtiments (1853) y poeta épico en La Légende des siècles (1859 y 1877).
Fue un novelista popular de enorme éxito con Notre-Dame de Paris (1831) o Les Misérables (1862). En teatro expuso su teoría del drama romántico en la introducción de Cromwell (1827), ilustrada con Hernani (1830) y Ruy Blas (1838).
Su extensa obra incluye una serie de discursos políticos realizados en la Cámara de los Pares que tratan temas como la pena de muerte, la educación o Europa, crónicas de viajes - Le Rhin (1842) o Choses vues, póstuma (1887 y 1890) - y una abundante correspondencia.
Contribuyó notablemente a la renovación lírica y teatral de la época. Será admirado por sus contemporáneos y aún lo es a día de hoy, aunque ciertos autores modernos le consideren un escritor controvertido. El compromiso político y social que exhibió en sus obras y que le valió una condena al exilio durante los veinte años del Segundo Imperio (1852-70), marcó el camino para posteriores generaciones de escritores.
Sus opiniones político-morales5 le convirtieron en un héroe para la Tercera República, que celebró un funeral de Estado a su muerte. Sus restos descansan en el Panteón de París.

A partir de 1849, Victor Hugo consagra la tercera parte de su obra a la política, un tercio a la religión y el otro a la filosofía humana y social. El pensamiento de Victor Hugo, complejo, rechaza cualquier condena de las personas y cualquier maniqueísmo, pero no por ello deja de juzgar severamente la sociedad de su tiempo.

A UNA MUJER

¡Niña!, si yo fuera rey daría mi reino,
mi trono, mi cetro y mi pueblo arrodillado,
mi corona de oro, mis piscinas de pórfido,
y mis flotas, para las que no bastaría el mar,
por una mirada tuya.

Si yo fuera Dios, la tierra y las olas,
los ángeles, los demonios sujetos a mi ley.
Y el profundo caos de profunda entraña,
la eternidad, el espacio, los cielos, los mundos
¡daría por un beso tuyo!

Versión de L. S.

LOS NIDOS

Cuando el soplo de abril abre las flores,
buscan las golondrinas
de la vieja torre las agrestes ruinas;
los pardos ruiseñores
buscando van, bien mío,
el bosque más sombrío,
para esconder a todos su morada
en los frondosos ramos.
y nosotros también, en el tumulto
de la inmensa ciudad, hogar oculto
anhelantes buscamos,
donde jamás oblicua una mirada
llegue como un insulto;
y preferimos las desiertas calles
donde la turba inquieta
en tropel no se agrupa; y en los valles
las sendas del pastor y del poeta;
y en la selva el rincón desconocido
donde no llegan del mundo los rumores.
Como esconden los pájaros su nido,
vamos allí a ocultar nuestros amores.

Versión de Salvador Díaz Mirón

QUIEN NO AMA NO VIVE*

Quienquiera que fueres, óyeme:
si con ávidas miradas
nunca tú a la luz del véspero
has seguido las pisadas,
el andar süave y rítmico
de una celeste visión;

O tal vez un velo cándido,
cual meteoro esplendente,
que pasa, y en sombras fúnebres
ocúltase de repente,
dejando de luz purísima
un rastro en el corazón;

Si sólo porque en imágenes
te la reveló el poeta,
la dicha conoces íntima,
la felicidad secreta,
del que árbitro se alza único
de otro enamorado ser;

Del que más nocturnas lámparas
no ve, ni otros soles claros,
ni lleva en revuelto piélago
más luz de estrellas ni faros
que aquella que vierten mágica
los ojos de una mujer;

Si el fin de sarao espléndido
nunca tú aguardaste afuera,
embozado, mudo, tétrico
mientras en la alta vidriera
reflejos se cruzan pálidos
del voluptuoso vaivén),

Para ver si como ráfaga
luminosa a la salida,
con un sonreír benévolo
te vuelve esperanza y vida
joven beldad de ojos lánguidos,
orlada en flores la sien.

Si celoso tú y colérico
no has visto una blanca mano
usurpada, en fiesta pública,
por la de galán profano,
y el seno que adoras, próximo
a otro pecho, palpitar;

Ni has devorado los ímpetus
de reconcentrada ira,
rodar viendo el valse impúdico
que deshoja, mientras gira
en vertiginoso círculo,
flores y niñas al par;

Si con la luz del crepúsculo
no has bajado las colinas,
henchida sintiendo el ánima
de emociones mil divinas,
ni a lo largo de los álamos
grato el pasear te fue;

Si en tanto que en la alta bóveda
un astro y otro relumbra,
dos corazones simpáticos
no gozasteis la penumbra,
hablando palabras místicas,
baja la voz, tardo el pie;

Si nunca al roce magnético
temblaste de ángel soñado;
si nunca un Te amo dulcísimo,
tímidamente exhalado,
quedó sonando en tu espíritu
cual perenne vibración;

Si no has mirado con lástima
al hombre sediento de oro,
para el que en vano munífico
brinda el amor su tesoro,
y de regio cetro y púrpura
no tuviste compasión;

Si en medio de noche lóbrega
cuando todo duerme y calla,
y ella goza sueño plácido,
contigo mismo en batalla
no te desataste en lágrimas
con un despecho infantil;

Si enloquecido o sonámbulo
no la has llamado mil veces,
quizá mezclando frenético
las blasfemias a las preces,
también a la muerte, mísero,
invocando veces mil;

Si una mirada benéfica
no has sentido que desciende
a tu seno, como súbito
lampo que las sombras hiende
y ver nos hace beatífica
región de serena luz;

O tal vez el ceño gélido
sufriendo de la que adoras,
no desfalleciste exánime,
misterios de amor ignoras;
ni tú has probado sus éxtasis
ni tú has llevado su cruz.

Versión de Miguel Antonio Caro

*No ha habido que traducir el título, porque el autor tuvo el capricho de ponerlo en español. N. del T.

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