jueves, 10 de marzo de 2011

10-MARZO PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN


"No has de amarme, dime que retire de ti mi admiración; si no he de amarte, haz que nunca te mire"
Pedro A. de Alarcón
Escritor

10-03-1833

Obras: El escándalo - El capitán veneno - El sombrero de tres picos - El niño de la bola - Moros y cristianos - Ultimos escritos y otras

Pedro Antonio Joaquín Melitón de Alarcón y Ariza, novelista español (Guadix, Granada, 10 de marzo de 1833 – Valdemoro, Madrid, 19 de julio de 1891). Perteneció al movimiento realista. Se trata de uno de los más destacados autores de este movimiento, uno de los artífices del fin de la prosa romántica.

Pedro Antonio de Alarcón tuvo una intensa vida ideológica; como sus personajes, evolucionó de las ideas liberales y revolucionarias a posiciones más tradicionalistas. Aunque su familia provenía de hidalgos era más bien humilde, aunque no tanto como para no poder permitirse enviarlo a estudiar Derecho en la Universidad de Granada, carrera que abandonó pronto para iniciarse en la eclesiástica. Aquello tampoco le satisfizo y abandonó en 1853 para marchar a Cádiz, donde funda El Eco de Occidente, junto a Torcuato Tárrago y Mateos, iniciando su carrera periodística en la dirección de este periódico.

Alarcón escribía desde su adolescencia, citándose a don Isidro Cepero como el instigador principal de su inquietud literaria. Su primera obra narrativa, El final de Norma, fue compuesta a los 18 años y publicada en 1855. Sus inquietudes le llevaron a integrarse en el grupo que se llamó la Cuerda granadina.

Se trasladó en 1854 a Madrid, molesto con el entorno reaccionario de Granada. Allí crea un periódico satírico, El látigo, que también dirige, de cierto éxito, con ideología antimonárquica, republicana y revolucionaria. Era un claro heredero de su experiencia en El eco de Occidente.

En 1857, escribe El hijo pródigo, drama de gran éxito. También en 1857 empieza a publicar relatos y artículos de viajes en la publicación madrileña El Museo Universal. Más tarde interviene como soldado y periodista en la guerra de África, recogiendo todo lo que acontecía en la campaña y en su vida allí y que luego mandaba a su editor en una serie de artículos, que se recogieron bajo el título de Diario de un testigo de la guerra de África, en 1859; este libro es especialmente apreciado por su gran y prolija descripción de la vida militar.

Más adelante cultivó la literatura de viajes, contando en diversos artículos sus viajes por Italia (recogidos en De Madrid a Nápoles, 1861) y su Granada natal (La Alpujarra, 1873), en los que el realismo de las descripciones contrasta con la ilusión de una prosa que narra lo cercano y desconocido. Estos artículos rebasan el interés meramente periodístico, constituyendo un ejemplo para toda la literatura de viajes posterior.
En 1865 se casó con Paulina Contreras Rodríguez en Granada, de cuyo matrimonio nacieron cinco hijos, dos varones y tres hembras. Los varones fallecieron en Madrid en los años de la contienda civil, al igual que dos de las hijas, casándose la única que sobrevivió, Carmen de Alarcón Contreras, con Miguel Valentín Gamazo, de cuyo matrimonio tuvieron tres hijos: María del Carmen, María del Pilar y Miguel Valentín de Alarcón, que falleció en Madrid el 4 de mayo de 2000, siendo el último descendiente directo de Pedro Antonio de Alarcón, pues murió soltero y sin que se sepa que tuviera descendencia.
Como integrante de la Unión Liberal ostentó diversos cargos, siendo el más importante el de consejero de estado con Alfonso XII, en 1875, siendo también diputado, senador y embajador en Noruega y Suecia. Además fue académico de la Real Academia de la Lengua desde 1877.
Hacia 1887, convencido de que en el camino del realismo lo había dado todo, se condenó al silencio. Tal vez influyeron las críticas de sus antiguos correligionarios liberales. Por ejemplo, Manuel del Palacio escribió sobre él lo siguiente:
Literato, vale mucho;
folletinista, algo menos;
político, casi nada;
y autor dramático, cero.

Su primera obra narrativa fue El final de Norma, que sólo vio publicada en 1855. Comenzó a escribir relatos breves de muy acusados rasgos románticos hacia 1852; algunos de ellos, entroncados con el costumbrismo andaluz, revelaban el influjo de Fernán Caballero, pero otros demuestran la impronta de una atenta lectura de Edgar Allan Poe, de quien introdujo el relato policial con su novela El Clavo, aunque también compuso relatos góticos o de terror a semejanza de su modelo. Desde 1860 hasta 1874 agregó a los relatos la redacción de libros de viajes. Estos últimos son Diario de un testigo de la guerra de África (1860), De Madrid a Nápoles (1861) y La Alpujarra (1873), que suponen ya un acercamiento al realismo. En 1874 publicó El sombrero de tres picos, desenfadada visión del tema tradicional del molinero de Arcos y su bella esposa perseguida por el corregidor. Recogió sus artículos costumbristas en Cosas que fueron y sus poemas juveniles en Poesías. También intentó el teatro con su drama El hijo pródigo, estrenado en 1875.

En el Diario de un testigo de la guerra de África revela su talento descriptivo, presente también en los apuntes del viaje por Francia, Suiza e Italia y en La Alpujarra, donde logra insertar la viva realidad en la historia casi legendaria de sus sublevaciones moriscas aproximándose a la novela. Entre 1874 y 1882 aparecieron sus obras más conocidas y famosas: los cuentos y las novelas cortas y extensas. Los relatos breves abarcan las Narraciones inverosímiles, bajo el ya mencionado influjo de Poe a los Cuentos amatorios, que se sitúan entre la sensiblería y el misterio policíaco, destacando El clavo y La comendadora. Otra recopilación son sus Historietas nacionales, de honda raigambre popular y que entroncan con obras similares de Fernán Caballero y Honoré de Balzac y van desde el tema heroico de la resistencia a los invasores franceses hasta el popularismo épico de los bandoleros, pasando por las frecuentes algaradas civiles que al autor le tocó vivir. Destacan El carbonero alcalde, El afrancesado, El asistente y, la que algunos consideran la mejor de todas, El libro talonario.
En 1875 aparece El escándalo, que une el tema religioso a la crítica social. Ofrece una galería romántica de personajes, desde el soñador y enigmático Lázaro hasta el voluble Diego. De entre todos, descuellan el P. Manrique, jesuita consejero de la aristocracia, y el alocado y simpático Fabián Conde. El protagonista de la novela, víctima de sus calaveradas de joven, aprende a asumir su pasado bochornoso mejor que a pretender ocultarlo con mentiras burguesas.

Prosiguiendo esa vena moralista, el autor siguió la trayectoria iniciada con dos obras más, El niño de la bola (1878) y La Pródiga (1880), un alegato contra la corrupción de las costumbres. Poco después publicó El capitán Veneno (1881)
Pedro Antonio de Alarcón es ante todo un habilísimo narrador: sabe como nadie interesar con una historia; en sus libros la acción nunca decae y, aunque el cronotopo o marco espaciotemporal de sus novelas suele ser de estilo realista, sus personajes son en el fondo románticos; en el curso de su producción novelística se va convirtiendo en un moralista.

SUEÑOS DE SUEÑOS

Vine a verte, y dormías;
y dormías tan muda y mansamente,
que una rosa cerrada parecías.

Era la siesta. -La morisca frente,
sola en el patio, conturbaba apenas
la quietud de las anchas galerías,
de fresca sombra y de silencio llenas.
Las aves en sus jaulas; el ambiente,
embargado entre opacas celosías;
el perro fiel y el gato negligente
reposaban también... -Calma y pereza
era todo en redor... -¡Tan sólo el vuelo
del zumbador insecto recordaba
que el sol, en tanto, vívido lanzaba
mares de lumbre desde el alto cielo!

He dicho que dormías;
y dormías tan muda y mansamente,
que una rosa cerrada parecías.

Dormías... y, aunque amante desdeñado,
próximo alguna vez a aborrecerte,
(odio del sitiador hacia el sitiado,
que arguye amor al codiciado fuerte),
te admiré en aquel sueño sosegado...
sin desear que fuera el de la muerte.
Quizás más bien compadecí tu suerte,
y perdón te pedí de mis antojos...
-«¿Por qué (dije), por qué tan combatida?
»¿Culpa es acaso de su mansa vida
»inspirarme este amor que me da enojos?
»¿Es obra de sus ojos,
»o de los míos, mi mortal herida?-
»Y, si no es culpa suya el ser hermosa,
»y, a su pesar, a mí me encuentra feo,
»(arguyamos en prosa),
»¿Ha de dejar por mí de ser dichosa?
»¿Me ha de abrazar como al verdugo el reo?...
»¡No! ¡Nunca! -¡Duerme, pobrecita, duerme;
»pues, diga lo que quiera mi deseo,
»obligación no tienes de quererme!»

En esto un aye leve y fugitivo
lanzaste al modo de suspiro tierno,
y parecióme que tu pecho esquivo,
cándido y frío como helado invierno,
se entreabría al cariñoso rayo
que en ti fijaban mis amantes ojos,
como su cáliz de matices rojos
entreabre una rosa al sol de Mayo.

Lo que quiere decir que, aunque dormías,
dormías tan turbada y tiernamente,
que una rosa entreabierta parecías.

¿Qué soñabas? -Lo vi: de mis pesares
al cabo condolida,
imaginabas de pasión y gloria
la que te ofrezco venturosa vida.
Suspensa, enternecida,
amorosa... (perdóname), soñabas
estar en brazos del amor prendida...
y de temor y gratitud llorabas,
y mi nombre, gimiendo, pronunciabas.
-¡Ay! Aquel dulce, generoso llanto
cayó en mi corazón como el rocío
sobre el árida arena del desierto...
¡Nunca te he amado tanto!
¡Yo por aquellas lágrimas, bien mío,
mil veces con placer hubiera muerto!
-Por poco te despierto.

¡Ah! Nunca lo creyera,
y sé que exclamarás: «¡Quién lo diría!»
(yo hago justicia a tu virtud austera)...
mas tú por mí llorabas, vida mía,
y llanto de pasión tu llanto era.

Perdónale este agravio
a tu propia locura,
y dispénsame a mí si tal ventura
se atreve a pronunciar trémulo el labio...
Pero lo vi... Mi espíritu sin calma
era ya de tu espíritu un reflejo...
Toda mi alma se espació en tu alma,
y en ella viose como en claro espejo.
Consignado lo dejo:
quizás era una burla del destino
aquel falso espectáculo halagüeño...
Yo sé que todo sueño es desatino,
y el tuyo no pasó de ser un sueño...

Porque ello es que dormías
y dormías tan dulce y blandamente,
que ya una rosa abierta parecías.

La monótona fuente,
única voz de la callada siesta,
murmurando seguía
su cántiga modesta,
y, del toldo a la sombra,
con mil líquidas perlas recamaba
del verde césped la mullida alfombra.

Retratarte olvidaba.
Sobre un sofá dormías: una mano,
suave apoyo a tu cabeza daba,
y el otro brazo lánguido colgaba,
envidia siendo del cincel pagano.
-Vestías una bata de verano.-
Sobre tu frente pálida y serena
la aureola de oro
de un ángel tu cabello parecía:
tus mejillas de rosa y azucena
aún ostentaban del reciente lloro
dos perlas que la aurora envidiaría;
y el cándido tesoro
de tu inocencia púdica, que, aleve,
indiscreto cendal diera al olvido,
como palomas que el amor conmueve,
palpitaba al compás incierto y breve
de tu dichoso corazón dormido.
Tus puros labios, de caricias nido;
tus dientes, gotas límpidas de hielo;
tu lindo pie, soltando inadvertido
el árabe chapín de terciopelo,
todo era bello y tentador... y todo
me enajenó de modo...
que hubiera dado por tu amor la vida,
aun no siendo mi vida tan cuitada...
-¡Ay! ¡Tú, prenda adorada,
no te has visto dormida!

¡Nunca tan hechicera
me pareció tu angélica hermosura!
¡Nunca tan noble y celestial!... Y era
que el amor le prestaba su dulzura...
¡era que amabas por la vez primera!

¡Oh! ¡Tú me amabas, sí! Noches serenas
de soledad conmigo te fingías,
tardes de encanto y de misterio llenas,
y allá lejanos, bonancibles días
en que contarnos las pasadas penas.

Libres éramos ya como las aves,
libres como los céfiros suaves,
como las amapolas en los trigos...
y ni tutores ni parientes graves
eran fieros testigos,
de nuestras expansiones enemigos.

Ya podíamos vernos
en mis pupilas tú, yo en tus pupilas,
y ahogar suspiros con suspiros tiernos,
y luego en dulces pláticas tranquilas
pasar instantes de quietud eternos.

Y ya eran frutos las primeras flores;
o bien de nuestro amor nuevos cariños
brotaban cual capullos seductores;
o, por mejor decir, nuestros amores
se convertían en alegres niños...

Y a todo esto dormías,
y dormías tan quieta y hondamente,
que una rosa marchita parecías.

Tal soñaste... y en tanto
la tarde deslizándose había ido
por la triste pendiente
de la sombra, el silencio y el olvido.
Y su vuelo tupido
tendida ya la noche, y el ambiente
agitaba sus alas bienhechoras,
mientras que murmuraba más sonoras
sus quejas melancólicas la fuente.

-Entonces desperté. -Ya era de día.-
Tu sueño recordé... Mas ¿dónde estabas,
dónde, mi bien, que ya no te veía?
-¡Ay, desdichado! ¡Yo era el que dormía
y yo era el que soñaba que soñabas!

No hay comentarios:

Publicar un comentario