jueves, 24 de marzo de 2011

23-MARZO GERTRUDIS GOMEZ DE AVELLANEDA


GERTRUDIS GOMEZ DE AVELLANEDA
Poetisa

23-03-1814

Gertrudis Gómez de Avellaneda (Camagüey; 23 de marzo de 1814 - Madrid; 1 de febrero de 1873), llamada coloquialmente «Tula», fue una escritora y poetisa cubana.

Nació en la antigua Santa María de Puerto Príncipe, entonces colonia española, hoy Camagüey, Cuba el 23 de marzo de 1814. Sus antepasados provenían de las Islas Canarias. Pasó su niñez en su ciudad natal y residió en Cuba hasta 1836. En este año parte con su familia hacia España.
En este viaje compuso una de sus más conocidos versos, «Al partir». Antes de llegar a España recorrió con su familia algunas ciudades del sur de Francia especialmente Burdeos donde vivieron por algún tiempo. Finalmente en España se establecieron en La Coruña. De La Coruña pasó a Sevilla y publicó versos en varios periódicos bajo el seudónimo de La Peregrina que le granjearon una gran reputación. Es en esta ciudad donde en 1839 conoce al que será el gran amor de su vida Ignacio de Cepeda y Alcalde joven estudiante de Leyes con el que vive una atormentada relación amorosa, nunca correspondida de la manera apasionada que ella le exige, pero que le dejará indeleble huella. Para él escribió una autobiografía y gran cantidad de cartas que publicadas a la muerte de su destinatario muestran los sentimientos más íntimos de la escritora.
Marchó a Madrid en 1840 donde se instaló1 e hizo amistad con literatos y escritores de la época. Al año siguiente publicó exitosamente en la capital de España su primera colección de versos titulada Poesías, que contenía el soneto «Al partir» y un poema en versos de arte menor dedicado, como indica su título, «A la poesía».
En 1844 conoce al poeta Gabriel García Tassara. Entre ellos nace una relación que se basa en el amor, los celos, el orgullo, el temor. Tassara desea conquistarla para ser más que toda la corte de hombres que la asedian, pero tampoco quiere casarse con ella. Está enfadado por la arrogancia y la coquetería de Tula, escribe versos que nos hacen ver que le reprocha su egolatría, ligereza y frivolidad. Pero Avellaneda se rinde a ese hombre y poco después casi la destroza. Tula está embarazada y soltera, en un Madrid de mediados del siglo XIX, y en su amarga soledad y pesimismo viendo lo que se le viene encima escribe «Adiós a la lira», es una despedida de la poesía. Piensa que es su final como escritora. Pero no será así.
En 1845 obtuvo los dos primeros premios de la competencia poética organizada por el Liceo Artístico y Literario de Madrid, momento a partir del cual Gertrudis figuró entre los escritores de renombre de su época.
En abril de ese año tiene a su hija María, o Brenhilde, como la llama ella. Nace muy enferma y muere con siete meses de edad. Durante ese tiempo de desesperanza escribe de nuevo a Cepeda:
Envejecida a los treinta años, siento que me cabrá la suerte de sobrevivirme a mí propia, si en un momento de absoluto fastidio no salgo de súbito de este mundo tan pequeño, tan insignificante para dar felicidad, y tan grande y tan fecundo para llenarse y verter amarguras.
Son escalofriantes las cartas escritas por Gertrudis a Tassara para pedirle que vea a su hija antes de que muera, para que la niña pueda sentir el calor de su padre antes de cerrar los ojos para siempre. Brenilde muere sin que su padre la conozca.
En 1846 se casó con don Pedro Sabater, su primer marido, pero al poco tiempo su esposo enfermó y viajó a París buscando curación, pero murió el 1 de agosto en Burdeos. Gertrudis se recluyó en el convento de Nuestra Señora de Loreto donde escribió Manual del cristiano (hay edición de Carmen Bravo-Villasante, 1975), que supuso el comienzo de una inclinación hacia la religión que se haría progresivamente más presente en su obra.1 Tras morir su primer esposo compuso dos elegías que se cuentan entre lo más destacado de su obra poética. Estos y los dos poemas titulados «A él» dan cuenta de sus experiencias personales, aunque habitualmente ella no utilizaba como materia directa de su producción lírica. Más tarde apareció una segunda edición aumentada de sus Poesías (Madrid, 1850).

Movida por el éxito de sus producciones y acogida tanto por la crítica literaria como por el público en 1854 presentó su candidatura a la Real Academia Española pero el sillón fue ocupado por un hombre.
Se casó nuevamente en 1856 con un político de gran influencia, don Domingo Verdugo. A raíz del fracaso de su comedia Los tres amores (marzo de 1858) motivado, entre otras causas, por un gato que fue arrojado a las tablas, incidente que su esposo achacó a un hombre apellidado «Ribera», quien por ello hirió de gravedad a Domingo Verdugo, viajó con su mujer a Cuba en 1859 con la esperanza de que el clima del Caribe le sanara.3 Tula, como era conocida afectuosamente por el pueblo, fue celebrada y agasajada por sus compatriotas. En una fiesta en el Liceo de la Habana fue proclamada poetisa nacional. Por seis meses dirigió una revista en la capital de la Isla, titulada Álbum cubano de lo bueno y lo bello (1860). En 1863 regresó a Madrid, tras pasar por Nueva York, Londres, París y Sevilla. A finales de ese año moría su esposo el coronel Verdugo, lo que acentuó su espiritualidad y entrega mística a una severa y espartana devoción religiosa. Murió en la capital andaluza el 1 de febrero de 1873 a los 58 años de edad. Sus restos reposan en el cementerio de San Fernando.
Su poesía se ha comparado con la de Louise-Victorine Ackermann o la de Elizabeth Barrett Browning por su análisis de los estados emocionales derivados de la experiencia amorosa.
Como se dijo, su poesía fue tratando cada vez más asuntos religiosos, especialmente a raíz de la muerte de Pedro Sabater y su enclaustramiento en Loreto. Esta temática procuraba dar respuesta a uno de los temas constantes de su trayectoria literaria: el vacío espiritual, y el anhelo insatisfecho, ya expresado en un poema anterior a su boda con Pedro Sabater:
Yo como vos para admirar nacida, / yo como vos para el amor creada, / por admirar y amar diera mi vida, / para admirar y amar no encuentro nada.
En este sentido destacan los poemas «Dedicación de la lira de Dios», «Soledad del alma» o «La cruz», cuya métrica incluye un acertado cambio del endecasílabo al eneasílabo. En poemas como «La noche de insomnio y el alba» y «Soledad del alma» introdujo también innovaciones en el metro que anuncian la experimentación en esta faceta que llevó a cabo el Modernismo. Así, en la obra de Avellaneda se encuentran versos de trece sílabas con cesura tras la cuarta; de quince y de dieciséis sílabas, poco frecuentes en la poesía en español. También utilizó un verso alejandrino (de catorce sílabas) cuyo primer hemistiquio es octosílabo y el segundo hexasílabo, o donde el primero es pentasílabo y el segundo eneasílabo.

También cultivó los géneros narrativo y dramático. En España escribió una serie de novelas, la más famosa Sab (1841) que trata la temática indigenista y de amores no correspondidos. Dos mujeres supone una invectiva contra el matrimonio. Su tercera novela, Guatimozín, reúne una gran cantidad de erudición histórica y se sitúa en el México de la etapa de la conquista. En sus restantes obras narrativas, si bien carecen del vigor de las tres primeras, sigue presente la decidida crítica a la sociedad convencional.6
En cuanto al teatro, su obra ocupa un lugar importante en la escena española del periodo 1845-1855, cuando el drama romántico había decaído y aún no había surgido la alta comedia. Leoncia fue estrenada en Sevilla en 1840, tuvo una buena acogida y poseía cierta originalidad. Su primera obra estrenada en Madrid, en 1844, fue Munio Alfonso, ambientada en la corte de Alfonso VII de León y Berenguela de Barcelona,8 con una producción de dramas históricos que seguían la estela de Manuel José Quintana, y del que son muestras representativas El príncipe de Viana (1844) y Egilona (1846).
Pero sus mayores éxitos en el teatro los obtuvo con dos dramas bíblicos: Saúl (1849) y, sobre todo, Baltasar (1858), considerada su obra cumbre en el ámbito dramático. Los dos muestran aspectos distintos del Romanticismo. Saúl representa la rebeldía, mientras que Baltasar escenifica el hastío vital, la melancolía del «mal del siglo» que será sentida en la segunda mital del siglo por los poetas simbolistas franceses y en el modernismo hispánico.
Entre sus comedias, cabe destacar La hija de las flores (1852), alabada por su adecuada combinación de fuerza cómica y poesía.

A…

No existe lazo ya; todo está roto;
plúgole al cielo así; ¡Bendito sea!
Amargo cáliz con placer agoto:
mi alma reposa al fin: nada desea.

Te amé, no te amo ya: piénsolo al menos:
¡Nunca si fuere error la verdad mire!
¡Que tantos años de amargura llenos
trague el olvido, el corazón respire!

Lo has destrozado sin piedad: mi orgullo
una vez y otra vez pisaste insano;
mas nunca el labio exhalará un murmullo
para acusar tu proceder tirano.

De grandes faltas vengador terrible
dócil llenaste tu misión, ¿lo ignoras?
No era tuyo el poder que irresistible
postró ante tí mis fuerzas vencedoras.

Quísolo Dios y fue: gloria a su nombre;
Todo se terminó: recobro aliento;
¡Ángel de las venganzas! Ya eres hombre.
Ni amor ni miedo al contemplarte siento.

Cayó tu cetro, se embotó tu espada…
Mas ¡ay! ¡Cuan triste libertad respiro!
Hice un mundo de ti que hoy se anonada,
Y en honda y vasta soledad me miro.

¡Vive dichoso tú! Si en algún día
ves este adiós que te dirijo eterno,
sabe que aun tienes en el alma mía
generoso perdón, cariño tierno.

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