jueves, 24 de marzo de 2011

24-MARZO TIRSO DE MOLINA


"A una verdad, le añaden muchos ceros"
Tirso de Molina
Dramaturgo, poeta, narrador

24-03-1570

Obras: El burlador de Sevilla - Don Gil de las calzas verdes -

Tirso de Molina (pseudónimo de fray Gabriel Téllez), (Madrid, 24 de marzo de 1579- Almazán, (Soria), 12 de marzo de 1648), fue un dramaturgo, poeta y narrador español del Barroco.
Tirso de Molina destaca sobre todo como autor teatral. Su dramaturgia abarca principalmente la comedia de enredo, como Don Gil de las calzas verdes, y obras hagiográficas como la trilogía de La Santa Juana o La dama del olivar. Se le ha atribuido tradicionalmente la creación del mito de Don Juan en El burlador de Sevilla, cuya primera versión podría ser de 1617, con la obra Tan largo me lo fiáis, editada en el siglo XVII a nombre de Calderón y que parte de la crítica atribuye a Andrés de Claramonte (no así otro sector de críticos, que la tienen como una versión emparentada con un arquetipo común escrito por Tirso entre 1612 y 1625); en la citada obra, Don Juan, un noble sevillano, altera el orden social deshonrando a cuantas mujeres se le ponen delante y finalmente es castigado por la estatua funeraria de una de sus víctimas, el padre de una de las damas burladas, que lo mata y lo arrastra a los infiernos. También se encuentra en discusión la autoría de El condenado por desconfiado, comedia de bandoleros a lo divino. Tirso fue el primer autor que dio profundidad psicológica a los personajes femeninos, que llegaron a ser protagonistas de sus obras.

Sus padres eran humildes sirvientes del Conde de Molina de Herrera. Blanca de los Ríos sostuvo que Gabriel fue hijo natural del Duque de Osuna, pero esa tesis carece de fundamento y hoy está completamente desacreditada, ya que de ser cierta Tirso hubiera necesitado dispensa papal para entrar en la Orden de la Merced. Además, el Duque de Osuna era entonces muy viejo y se encontraba acreditado en Nápoles. Por otra parte, la partida de nacimiento que alega doña Blanca es prácticamente ilegible y hace nacer a Tirso en 1584. Luis Vázquez, en su «Gabriel Téllez nació en 1579. Nuevos hallazgos documentales», en Homenaje a Tirso, L. Vázquez, ed., Madrid: Revista Estudios, 1981, pp. 19–36, documenta que nació en 1579. Ninguno de sus enemigos contemporáneos, por otra parte, le achacó ese origen.
Tirso de Molina fue discípulo de Lope de Vega, a quien conoció como estudiante en Alcalá de Henares. El 4 de noviembre de 1600 ingresó en la Orden de la Merced, y tomó los hábitos el 21 de enero de 1601 en el monasterio de San Antolín de Guadalajara. Se ordenó sacerdote en 1606 en Toledo, donde estudió Artes y Teología y empezó a escribir; ésta fue la ciudad donde vivió más tiempo, y desde ella hizo viajes a Galicia (en 1610 ó 1611), a Salamanca (en 1619) y a Lisboa.

En 1612 vendió un lote de tres comedias, y se cree que ya había escrito antes una primera versión de El vergonzoso en Palacio; de 1611 es La villana de La Sagra; de hacia 1613, El castigo del penseque y la trilogía de La santa Juana, y de 1615 data Don Gil de las calzas verdes; todavía este año estrenó en el Corpus toledano el auto Los hermanos parecidos. Ya por entonces, si bien cultivaba también temas religiosos, sus sátiras y comedias le habían granjeado problemas con las autoridades religiosas, lo que lo llevó a retirarse entre 1614 y 1615 al monasterio de Estercuel, en Aragón. Quizá por ello apenas figura en el Viaje del Parnaso de Cervantes.

Entre 1616 y 1618 estuvo en Santo Domingo, en cuya universidad fue profesor de teología durante tres años y donde además intervino en asuntos de su Orden. Esto le permitió conocer numerosas historias de la Conquista que usaría más tarde en sus obras. De vuelta ya en 1618, se instaló en Madrid, donde entre 1624 y 1633 aparecieron las cinco Partes de sus comedias; estas «profanas comedias» causaron un gran escándalo y le costaron el destierro a Sevilla. En 1622 participó en el certamen poético con motivo de la canonización de San Isidro, pero en 1625 la Junta de Reformación creada a instancias del Conde-Duque de Olivares le castigó con reclusión en el monasterio de Cuenca por escribir comedias profanas «y de malos incentivos y ejemplos», y pidió su destierro y excomunión mayor si reincidiese.

A pesar de todo, Tirso de Molina siguió escribiendo y no se tomaron medidas mayores contra él al desinflarse las disposiciones moralizadoras del Conde-Duque; es más, en 1626 pasó a residir en Madrid y fue nombrado comendador de Trujillo, por lo que vivió en la ciudad extremeña hasta 1629, año en que volvió a Toledo y posiblemente a Madrid.

Entre 1632 y 1639 estuvo en Cataluña, donde fue nombrado definidor general y cronista de su Orden y compuso la Historia general de la Orden de la Merced. En 1639 el pontífice Urbano VIII le concedió el grado de maestro; sin embargo, los enfrentamientos con miembros de su propia Orden lo llevaron al destierro en Cuenca en 1640. Sus últimos años los pasó en Soria, en el Convento de Nuestra Señora de la Merced, en el que fue nombrado comendador en 1645. Murió en Almazán en 1648.

Aunque una de las obras que se le atribuyen ha tenido una enorme influencia en la cultura mundial como origen del mito de Don Juan, El burlador de Sevilla y convidado de piedra, en su tiempo la versión más conocida de la obra fue la versión primigenia, Tan largo me lo fiáis, que según algunos críticos fue compuesta por el dramaturgo y actor Andrés de Claramonte, quien también podría ser el autor de La estrella de Sevilla.

Fragmento de VERSOS DE NOVELA CORTESANA

Niega mil veces arreo
y ninguna digas sí,
que cual tú te ves me vi
y te verás cual me veo.

Si hermosuras superiores
no sólo causan deseos,
mas en ceguedad forzosa
disculpan atrevimientos,

yo que a tanto cielo aspiro,
Señora, animoso llego.
Mas qué mucho, si la patria
es de la piedad el cielo.

Cuando amor me da sus alas
seguro al aire me entrego,
puesto que de tus castigos
me libran mis rendimientos.

Los celestiales enojos
y las venganzas se hicieron
para enfrenar arrogantes
y para domar soberbios.

Mas yo que humilde tus rayos,
sol hermoso, reverencio,
alumbraránme sus luces
perdonándome su incendio.

Yo merecí de tus ojos
no sé qué indicio ni sueño,
que el sol miró a mi esperanza
de trino en su nacimiento.

Mas, con todo, temeroso
vivo, cuando considero
que tantas dichas no están
libres de un triste suceso.

Y hasta que en lícito lazo
goce la gloria que espero,
me sobresaltan temores
y me acobardan respetos.

¡Cuándo tendrán, dueño mío,
mis esperanzas efecto,
sin que alcance la fortuna
sobre mis dichas imperio!

La mayor seguridad
no se escapa de recelo,
que como es niño Amor
tiene poco sufrimiento.

Si piadosas las estrellas
favorecen mis intentos,
y el laurel desta victoria
ceñir glorioso merezco,

sobre mi fe, a tu hermosura
levantaré firme templo
y en tus aras arderán
por víctima mis afectos.

Vive en tanto, amada mía,
vive en tanto que yo muero,
que en tus rayos, como el fénix,
espero vivir de nuevo.

Ardo amando, y ocultar
tan crecido ardor no puedo,
cuando el respecto o el miedo
no se atreven a explicar.

En este turbado mar
no acierto cuál norte siga:
por una parte me obliga
a callar el temor feo,
por otra parte el deseo
me persuade a que lo diga.

Tal vez la vista consiento
a vuestras luces, sol mío.
Tal, un suspiro os envío
entre las alas del viento.

Mas deste mudo lamento,
que del alma embajador
va a aprobar vuestro rigor,
vista y suspiro atrevido
condeno, y arrepentido
enmudece y ciega amor.

Pero ya sin esperar
remedio, y aún sin vivir
mi muerte os quiero decir,
mi amor os quiero callar.

Y no os pretendo obligar,
que quien por veros murió
en la vida que perdió
halló su felicidad.
Y ansí, Señora, piedad
os pido, que premio no.

Que la sintáis sólo quiere
mi pena para su alivio,
que un sentimiento, aunque tibio,
se le debe a quien se muere.

Mas ni estas honras espere
mi muerte, que aunque miréis
la herida, no la creeréis,
porque dudáis, ¡oh rigor!,
los efectos del amor,
como no le conocéis.

De aquel joven generoso
cantar quiere mi Talía,
de aquél a quien con más miedo
que rayos Júpiter mira.

De aquél que en Córdoba el coso
rubricó de fiera tinta,
donde sepultó los fresnos,
donde arrojó la capilla.

De aquel Pedro, heroico hijo
de Castilla, a quien estima
tanto, que en señal de amor
de su nombre se apellida.

Entró gallardo en la plaza,
robusto Adonis que libra
el aliño del afecto
y el descuido de la risa.

Después que en rompidos fresnos
cubrió la arena de astillas
y graduó de destreza
tanta suerte repetida,

como undosa línea ardiente
que airado Júpiter vibra,
para experiencias del joven,
un toro la plaza pisa.

Sino fue, por deslucirle,
de la fortuna ojeriza,
contingencias de los astros
y de los hados envidias.

Siniestro acomete el bruto,
y lo que hicieran sus iras
en un risco en el caballo
obraron ejecutivas.

Cayó, aunque herido animoso,
y adherente a su rüína,
intrépido, aunque enojado,
siguió el jinete la silla.

A la violencia del riesgo,
previniendo esta desdicha,
la tumba se estremeció
de Valladolid la rica.

Prosigue el bruto el destrozo
y atropella cuanto mira
que te afecta, que aquí el golpe
giró en los demás la vista.

Hasta que, cobrado, el joven
dio a entender que la caída
para darle nuevos bríos
fue de la tierra caricia.

Tiñe en purpúreo veneno
la ardiente espada. Y la herida
de coral inunda el coso
que, pródiga, desperdicia.

A más aplauso la fiera
cayó que la que fue grima
de Calidonia y despojo
envidioso de la ninfa.

En los riesgos la virtud
más gloriosa se examina,
que la suerte y el valor
dos cosas son muy distintas.

La destreza y el denuedo
viven donde más peligran,
que poco medran los bríos
a la sombra de la dicha.

Ansí el héroe cuantas fieras
sellan la arena atrevidas
diestro asalta, fuerte hiere,
y poderoso castiga.

Pocas, que huyendo del rayo
de su diestra vengativa,
a otros aciertos largó
su desprecio o cortesía.

Vive, pues, Garzón heroico
y a estos ensayos se sigan
victorias de mayor Marte,
que tus ardores te inspiran:

tantas que a tu mano deba
España nuevas provincias
que a la más hermosa planta
que huella la tierra rindas.

De tus mudanzas aprende
de la fortuna la rueda,
ciego Amor, que en ser instable
solamente perseveras.

¡Quién no esperara, segura,
eterna correspondencia
de un amor que confirmó
el tiempo con tantas prendas!

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