lunes, 11 de abril de 2011

11-ABRIL FERNANDO PAZ CASTILLO



FERNANDO PAZ CASTILLO
Poeta

11-04-1893

Fernando Paz Castillo (Caracas, 11 de abril de 1893 - 30 de julio de 1981) fue un poeta venezolano, crítico literario, diplomático, educador y miembro fundador del Círculo de Bellas Artes Sus padres fueron Ignacio Paz Castillo y Luisa Aristiguieta y es dentro de la biblioteca de estos que Fernando comienza a formar su gusto por la lectura y a definir su vocación literaria.

La educación media la realizó en el colegio de los padres franceses de Caracas. En dicha institución educativa entabló una entrañable amistad con otros dos poetas, Enrique Planchart y Luis Enrique Mármol.
En 1910 ingresó a la Facultad de Derecho de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Sus estudios duraron apenas dos años ya que se clausura la Facultad de la institución, esto lo lleva a abandonar la idea de graduarse de abogado.

Es cofundador de la revista venezolana «Cultura» y ahí se da conocer como poeta esto sucede en 1912. También en ese año figura entre los fundadores del Círculo de Bellas Artes.
Se residencia en la ciudad de Los Teques en 1914, y esto le sirve ya que los alrededores campesinos tienen gran influencia en el paisaje poético de su obra.
Otra vez regresa a Caracas en el año 1918. En esta oportunidad logra preparar los originales de su primer poemario y los trae a la capital para presentarlos a la imprenta, este poemario se titularía «Canciones del convaleciente» pero nunca se llegaría a editar.
Este poeta es uno de los principales representantes de la llamada Generación de 1918, generación considerada como punto de partida de la literatura venezolana contemporánea.
Ejerció la docencia desde 1922 hasta 1936 en el Instituto San Pablo y en la Escuela Normal Miguel Antonio Caro.
El escritor y político Rómulo Gallegos, le dedíca en 1925 la primera edición de la novela «La Trepadora» ya que Paz Castillo le sugirió el tema central.
Como diplomático se consagra desde 1936 hasta 1959 al servicio exterior de Venezuela. Estuvo en España en 1936, Francia en 1937, Argentina en 1938, Brasil en 1939, Inglaterra desde 1940 a 1944, México en 1944, Bélgica desde 1945 hasta 1948, Italia en 1948, Ecuador desde 1949 hasta 1953, Canadá desde 1953 hasta 1958 y vuelve a Ecuador en 1958 hasta 1959.
Se inicia como cónsul general en Barcelona España, presencia los sangrientos inicios de la guerra civil española. Luego en Londres, como primer secretario y consejero, padece los bombardeos de la aviación alemana durante la Segunda Guerra Mundial.
En 1959 se retira del servicio exterior y vive de forma definitiva en Caracas. Aprovecha ese tiempo para colaborar en periódicos y revistas literarias, escribe numerosos y densos prólogos, también publica libros de poesía y de crítica literaria. Ingresa como individuo de número en la Academia Venezolana de la Lengua el 28 de octubre de 1965 y recibe el Premio Nacional de Literatura en 1967.

LAS COSAS Y SUS NOMBRES

Las cosas y sus nombres
son símbolos confusos
que acompañan al hombre en su destierro,
en su andar de adivino
entre alboradas.

Ingenuas compañeras de un recuerdo
que nace en la raíz
de la conciencia,
donde Dios y el hombre se confunden
y se entienden;
y Dios se hace para el hombre humano
y el hombre, ante su amor, crece divino,
trasciende la leve línea
de luz o sombra
que limita su ser:
su estar indefinido
ya que el ser no es perenne forma,
sino que está en la forma limitado,
con ansias de romperla a cada instante,
con nostalgias de muerte y nacimientos
y temores de un nuevo despertar.

CUANDO MI HORA SEA LLEGADA

Yo que he visto
tanto dolor
y odio
del hombre contra el hombre,
por ideas profundas
o por simples palabras.

Yo que he visto los cuerpos
en las sombras
acechando las sombras de otros cuerpos
para matar el sueño.

Yo que he visto los rostros retorcidos,
sin que la muerte dulce
borre el odio en los ojos,
en los puños cerrados
y en los dientes fríos.

Yo te pido, Señor!
Dios armonioso
del perdón fecundo,
que cuando mi hora sea llegada
no haya rencor en mi alma.

Y que la muerte suave
ponga en mis ojos la apacible luz
de un manso atardecer
entre violetas:

Y que una espiga de oro,
bajo el azul del cielo,
marque el silencio de la hora excelsa,
lenta y santamente,
y no haya nada brusco
en torno mío
-odio ni temor-
cuando mi hora sea llegada

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