lunes, 25 de abril de 2011

22-ABRIL GUILLERMO CABRERA INFANTE


GUILLERMO CABRERA INFANTE
Escritor

22-04-1929

Obras: Tres tristes tigres

Guillermo Cabrera Infante (Gibara, Cuba, 22 de abril de 1929 - Londres, 21 de febrero de 2005) fue un escritor y guionista cubano, posteriormente nacionalizado británico.

Nació el 22 de abril de 1929 en Gibara, entonces en la provincia de Oriente, y hoy en la de Holguín. Era el hijo mayor del periodista Guillermo Cabrera y de Zoila Infante, ambos militantes comunistas y fundadores de la organización del partido en Gibara, razón por la cual fueron arrestados juntamente con Cabrera Infante, quien entonces tenía siete años de edad y así conocería la prisión por primera vez por varios meses. De origen canario (pues sus antepasados eran de La Palma), en 1941 se trasladó con su familia a La Habana. A los dieciocho años de edad escribió una historia, El señor presidente la cual para su sorpresa fue publicada. Más tarde, inició los estudios de medicina, que dejó para empezar a estudiar periodismo en 1950. Sin embargo, ya empezaba a descubrir que sus aficiones, la literatura y el cine, serían las pasiones a las que se dedicaría toda su vida. En 1952 escribió un cuento y ese mismo año, los censores del régimen de Batista encontraron a Cabrera culpable de incorporar obscenidades en dicho cuento. Como castigo, se le prohibió publicar con su nombre, asunto que fue resuelto mediante el uso del seudónimo G. Caín, una contracción de sus apellidos. En 1954, se convirtió en crítico cinematográfico de la revista Carteles en la que firmaba con su seudónimo (que utilizaría posteriormente en algunos de sus guiones) y con la que colaboraría hasta 1960. En las postrimerías de la década del cincuenta, Cabrera Infante escribió la mayor parte de sus historias que serían compiladas más tarde en, Así en la paz, como en la guerra.
En 1953 se casó con Marta Calvo. De este matrimonio tuvo dos hijas (Ana, en 1954 y Carola, en 1958). Sin embargo, en 1958 conoció a la actriz cubana Miriam Gómez, con la que se casó el 9 de diciembre de 1961 tras divorciarse de su primera mujer. Miriam Gómez sería la compañera de Guillermo Cabrera Infante durante toda su vida.
Tras la llegada al poder de Fidel Castro (1959), después de la Revolución cubana, Cabrera Infante, que había apoyado la revolución, fue nombrado director del Consejo Nacional de Cultura, ejecutivo del Instituto del Cine y subdirector del diario Revolución (actual Granma), encargándose de su suplemento literario, Lunes de Revolución, en el que pretendía llevar a cabo los sueños de libertad y desarrollo cultural de la revolución. Sin embargo, sus relaciones con el régimen pronto se deterioraron, debido al corto que Orlando Jiménez Leal y su hermano, Sabá Cabrera, rodaron a finales de 1960. El corto P.M., el cual, sin una estructura definida, describía las maneras de divertirse de un grupo de habaneros durante un día de finales de 1960, fue prohibido en 1961 por Castro. Estalló la polémica en las páginas de Lunes de Revolución hasta que fue suprimida ese mismo año. La luna de miel de la revolución cubana con los intelectuales tocaba a su fin. En su discurso del 30 de junio de 1961 (Palabras a los intelectuales), Fidel Castro pronunció su célebre frase Dentro de la Revolución todo; contra de la Revolución, nada. Es el comienzo del "exilio" de Cabrera Infante.
En 1962, Cabrera Infante fue enviado a Bruselas como agregado cultural de la embajada cubana. Durante su estancia en Bélgica, escribiría Un oficio del siglo XX (1963). Allí viviría con sus dos hijas y su segunda mujer, Miriam Gómez, hasta 1965, cuando debido a la repentina muerte de su madre, vuelve a la isla. En Cuba fue retenido por el Servicio de Contra-Inteligencia durante cuatro meses, saliendo finalmente al exilio. Cabrera Infante y su familia fueron a Madrid y luego a Barcelona. Sin embargo, las dificultades económicas y la negativa del régimen franquista a regularizar su situación le movieron a mudarse a Londres, donde se instaló definitivamente.
En 1968 publicó en Londres su primera novela de repercusión, Tres tristes tigres a la cual él llamaba TTT y originariamente se denominó Ella cantaba boleros. La novela era una versión, notablemente retocada de su anterior trabajo Vista del amanecer en el trópico (que había obtenido en 1964 el premio Biblioteca Breve de Seix Barral). Se caracteriza por el uso ingenioso del lenguaje introduciendo coloquialismos cubanos y constantes guiños y referencias a otras obras literarias. En ella relata la vida nocturna de tres jóvenes en La Habana de 1958. En Cuba, la obra fue tildada de contrarrevolucionaria y Cabrera expulsado de la Unión de Escritores y Artistas y calificado de traidor.
Crítico implacable del régimen castrista, nunca regresó a Cuba y se negó a que sus obras Tres tristes tigres y La Habana para un Infante difunto fueran publicados dentro de la línea de publicación de emigrados del Ministerio de Cultura de Cuba. A principios de los 1970 se instaló en Hollywood para dedicarse al mundo del cine como guionista, con discreto éxito, trabajó para el film de Malcolm Lowry Debajo del volcán. En 1972 colaboró muy de cerca con Suzanne Jill Levine, su obra, Tres tristes tigres se traduce al inglés y se publica en Londres con el título de, Three trapped tigers. En 1979 obtuvo la nacionalidad británica. En 1997 obtuvo el Premio Cervantes y en 2003 el Premio Internacional de la Fundación Cristóbal Gabarrón en la categoría de Letras. De salud delicada en sus últimos años, fue ingresado en el Chelsea and Westminster Hospital de Londres debido a una fractura de cadera. Allí contrajo una septicemia de la que falleció el 21 de febrero de 2005. La noticia de su muerte tampoco fue recogida en Cuba.
Su estilo se caracteriza por los continuos retruécanos, paronomasias, agudezas, uso del hipérbaton y traslaciones idiomáticas, con los que intenta imitar el ritmo sincopado del jazz; por el dominio de los registros coloquiales de la lengua cubana, por un espléndido sentido del humor y por una gran cultura, manifiesta en la abundante intertextualidad de que hacen gala sus textos. En virtud de estos atributos, el crítico Enrico Mario Santí llegó a declarar que Cabrera Infante encarnaba, como ningún otro escritor, el estilo literario de la nación cubana, ya que su sentido del humor, el "choteo" cubano, reflejaba un modo de ser muy arraigado en la literatura y la vida de la isla. También Fernando Savater ha aludido a esta característica de su obra: "Guillermo Cabrera Infante ha cultivado en el más alto grado el sentimiento cómico de la vida: pero no como opuesto al sentimiento trágico, sino como una variante que lo agrava al purificarle del superfluo patetismo de la seriedad". También es autor de poemas visuales.

Fragmento de Tres tristes tigres

-¿No puedes oír cómo el viejo Bach juega en la tonalidad en re, cómo construye sus imitaciones, cómo hace las variaciones imprevisiblemente pero donde el tema lo permite y lo sugiere y no antes, nunca después, y a pesar de ello logra sorprender? ¿No te parece un esclavo con toda libertad? Ah, viejito, es mejor que Offenbach, te lo juro, porque está here, hier, ici, aquí en esta tristeza habanera y no en una alegría parisién.
Cué tenía esa obsesión del tiempo. Quiero decir que buscaba el tiempo en el espacio y no otra cosa que una búsqueda eran nuestros viajes continuos, interminables, un solo viaje infinito por el Malecón, como ahora, pero a cualquier hora del día y de la noche, recorriendo el paisaje cariado de las casas viejas, las que están entre el parque Maceo y La Punta, que terminaron por convertirse en lo mismo que el hombre le robó al mar para hacer el Malecón: otra barrera de arrecifes, recibiendo el salitre siempre y rocío marino cuando hay viento y olas en los días en los que el mar salta sobre la calle y pega en las casas buscando la costa que le arrebataron, creándola, haciéndose otra orilla, y después los parques en que empieza ahora el túnel y donde los cocoteros y los almendros falsos y las uvas caletas no borran del todo el aire de solar de chivos que el sol consigue al quemar la yerba y tostar el verde en un amarillo pajizo y el demasiado polvo haciendo otras paredes con la luz, y después los bares del puerto: New Pastores, Two Brothers, Don Quixote, el bar donde los marineros griegos bailan cogidos por los brazos mientras las putas se ríen y la iglesia de San Francisco, del convento, enfrentada a la Lonja y a la Aduana, señalando los diferentes tiempos históricos, las distintas dominaciones talladas en esta plaza que en la época y en los grabados de la Toma de la GuanHábana por los ingleses parecía una maravilla veneciana y los bares que repiten la entrada a la salida de la alameda de Paula y recuerdan que los muelles comienzan o terminan los paseos del mar, en La Habana, y luego siguiendo la curva suave de la bahía íbamos a cada rato hasta el Guanabacoa y Regla, a los bares, mirando a la ciudad del otro lado del puerto como desde el extranjero, en el México o en el bar Piloto, sobre pilotes, en el agua, oyendo y viendo el vaporetto que hace el viaje cada media hora, y luego regresábamos por todo el Malecón hasta la Quinta Avenida y la Playa de Marianao, cuando no seguíamos al Mariel o nos hundíamos en el túnel de la bahía y aparecíamos en Matanzas a comer y luego a Varadero a jugar para volver a medianoche, e madrugada a La Habana: hablando siempre y siempre contando chismes y haciendo chistes y siempre y también filosofando o estetizando o moralizando, siempre: la cuestión era hacer ver como que no trabajábamos porque en La Habana, Cuba, ésa es la única manera de ser gente bien, que es lo que Cué y yo querríamos haber sido, queríamos ser, tratábamos de ser –y siempre teníamos tiempo para hablar del tiempo–. Cuando Cué hablaba del tiempo y del espacio y recorría todo aquel espacio en todo nuestro tiempo pensé que era para divertirnos y ahora lo sé: era así: era para hacer una cosa diversa, otra cosa, y mientras corríamos por el espacio conseguíamos eludir lo que siempre evitó, creo, que era recorrer otro espacio fuera del tiempo –o más claro–, recordar. Lo opuesto a mí, porque me gusta acordarme de las cosas más que vivirlas o vivir las cosas sabiendo que nunca se pierden porque puedo evocarlas debe haber tiempo Ésta es la cosa que es en el presente lo más perturbador y si existe el tiempo que es en el presente lo más perturbador es la cosa que hace al presente lo más perturbador puedo vivirlas de nuevo al recordarlas y sería bueno que el verbo grabar (un disco, una cinta) fuera el mismo que en inglés, recordar también, porque eso es lo que es, que es lo opuesto de lo que es Arsenio Cué. Ahora hablaba de Bach, de Offenbach y quizá de Ludwig Feuerbach (del barroco como el arte del préstamo digno, de reconciliarse con el austríaco y alegre parisino porque dijo que en la floresta de la música él sabía que nunca será un ruiseñor, de alabar al hegeliano tardío que aplicó el concepto de alienación a la creación de los dioses), pero eso no era recordar, sino lo contrario. Es decir, memorizar.
–¿Te das cuenta, mi viejo? Este tipo fue una suma y parece una multiplicación. Bach al cuadrado.
En ese momento (sí, justo en ese momento) se hizo el silencio universal: en el carro y en el radio y en Cué, y era que la música terminó. Habló el locutor –que se parecía mucho a Cué, en la voz.
"Acaban de escuchar, señoras y señores, el Concerto Grosso en Re Mayor, opus once número tres, de Antonio Vivaldi. (Pausa.) Violín: Isaac Stern, viola: Alexander Schneider..."
Solté una carcajada y creo que Arsenio también.
–Chico –le dije– la cultura en el trópico. ¿Tedas cuenta, mi viejo? –le dije, imitando su voz, pero haciéndola más pedante que amiga. No me miró, dijo:
–En el fondo, yo tenía razón. Bach se pasó toda su vida robándole cosas a Vivaldi, y no sólo a Vivaldi –quería salvarse por la erudición: lo vi venir:– sino a Marcello –dijo, nítidamente, Marchel-lo– y a Manfredini y Veracini y hasta Evaristo Felice Dall-Abaco. Por eso hablé de suma.
–Debías haber dicho resta, sustracción, ¿no?
Se rió. Lo bueno que Cué tenía sentido del humor más desarrollado que el del ridículo Hemos presentado en nuestro espacio Grandes Partituras un programa dedicado Apagó el radio.
–Pero tienes razón –le dije, contemporizando. Soy el Cid Contemporizador–. Bach es el padre de la música, como se dice, por la ley, pero Vivaldi le hace un guiño a Ana Magdalena de vez en cuando.
–Viva Vivaldi –dijo Cué, riendo.
–Si Bustrófedon estuviera en esta máquina del tiempo ya hubiera dicho Vibachldi o Vivach o Bivaldi y seguiría hasta la noche.
–Entonces, ¿qué te parece Vivaldi a sesenta?
–Que bajaste la velocidad.
–Albinoni a ochenta, Frescobaldi a cien, Cimarosa a cincuenta, Monteverdi a cientoveinte, Gesualdo a lo que dé el motor –hizo una pausa más exaltada que refrescante y siguió:– No importa, lo que yo dije sigue valiendo y pienso en lo que será Palestrina oído en un jet.
–Un milagro de la acústica –dije yo.

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